«Mi media naranja», un relato de Roberto Ugalde

Como es sabido, los Estados Unidos firmaron su Declaración de Independencia y separación formal del imperio británico el 4 de julio de 1776.  Los primeros enfrentamientos bélicos de la guerra por liberarse del poder colonial ocurrieron en 1775 en tierras del actual Estado de Massachusetts.  En el 2004 este mismo Estado vuelve a encender las antorchas libertarias, legaliza el matrimonio homosexual y pasa a ser recordado en la Historia como el primer Estado en instituir el matrimonio civil igualitario de la Unión Americana.  En aquel momento, en el mundo, solo Holanda, Bélgica y tres provincias de Canadá, las más pobladas, habían legalizado los casamientos homosexuales. Fue una pareja de mujeres, Marcia Hams y Susan Shepard, las primeras en demandar al Estado de Massachusetts por no permitir su matrimonio.   

Aunque Abraham Rybeck, mi compañero estadounidense, y yo vivíamos en Massachusetts y ya teníamos diez años de conocernos, no quisimos unirnos a los miles de parejas que solicitaron la licencia de matrimonio aquella primavera de 2004.  No nos casamos hasta en diciembre del 2013. No hubo intercambio de anillos, fotógrafos, discursos, arreglos florales, agotadores preparativos ni costosas ceremonias con invitados; todo fue sencillo, un día de entre semana en la Alcaldía de Cambridge, ciudad donde viví por muchos años.  Llegamos en bicicleta, Abraham camino al TTO (The Theater Offensive), la compañía de teatro que había fundado en 1989, en su ropa y casco de montar bici, y yo en buzo porque esa mañana había asistido a una sesión de yoga temprano en la mañana.  Nos casó una jueza de paz quien, además, se ofreció para tomarnos una foto con el teléfono de mi media naranja. A Abraham le gustaba este modismo de la media naranja y lo usaba con frecuencia.

Luego pasamos a una oficina de la Alcaldía a firmar otros papeles y recoger el certificado de matrimonio.  En esas estábamos cuando, de pronto, toda la oficina se llenó de un intenso olor a naranja, ese que sale cuando pelamos una naranja con las manos.  Yo me volví a ver a Abraham y él se volvió a verme con cara de “yo no tengo nada que ver con esto”. Inmediatamente salí de la oficina a ver si alguien había pasado por en frente de la puerta pelando una naranja pero en el pasillo no había nadie ni olía a naranja.  Las dos oficinistas y el oficinista que estaban ahí siguieron en su trabajo como si nada hubiera ocurrido.  

Aunque siempre lo ha negado, conociendo a Abraham, hombre de teatro, se me hace que él estuvo detrás de aquel deus ex machina, feliz e inolvidable detalle, más sobresaliente aún por la simplicidad que caracterizó el día de nuestro casamiento o stress-free wedding.

Para el veinte aniversario de nuestra relación ofrecimos una cena en el restaurante La Playa de los Artistas, en Montezuma de Cóbano, Puntarenas.  Abraham invitó a sus tres hermanos y a su hermana, los cuatro en compañía de sus familias de hijos jóvenes, y yo invité a mi única hermana, cuñado, a mi sobrina y sobrino casados y sus familias y a mi sobrina soltera.  Mis padres y el padre de Abraham ya habían fallecido; su madre no vino porque no le gusta viajar en avión. En Montezuma nuestras familias pasaron unos días conociéndose mejor y disfrutando de las playas del lugar. 

A partir del 26 de mayo, el matrimonio de Roberto y Abraham será válido en Costa Rica, como lo es desde hace años en Estados Unidos.