Carlos Bonilla Avendaño: Cuando la fe es compromiso con el amor

Tuve la dicha de celebrar la boda civil de mi hija Daniela con quien hoy es su esposo” cuenta Carlos, consciente del privilegio que eso significa. “De haber tenido un hijo gay o una hija lesbiana, lo haría de igual manera y con la misma felicidad«.

Carlos- pensionado de 65 años, poeta, abogado y presbítero luterano, padre de Andrés (34) Laureano ( 38) y Daniela ( 36) y abuelo de Julián (7) – siente por su familia una devoción que se le sale por los poros. Junto con Loida, su esposa desde hace 41 años, vive cultivando ese amor en las montañas de San Isidro de Heredia, en una casa hermosa, sencilla, llena de luz y arte.

De su papá, fallecido hace muchos años, agradece haber heredado cierto talante bondadoso y amable. Su madre, todavía con vida, es hoy el centro de su familia. De ella valora su herencia de amor por los libros, la paz que desprende, su serenidad. “Mamá nos enseña a ver la vida sin drama”.

Asiduo lector, escribe poesía y reflexiones teológicas, acompaña los viernes a su madre de 95 años y vive en permanente actitud de solidaridad con los pueblos y con las personas excluidas. Al estar pensionado puede disfrutar mucho a su nieto Julián y acompañarlo en sus juegos y lecturas.


Así transcurre su vida, con entusiasmo ante nuevos desafíos y transformaciones profundas, personales y colectivas. Dentro de estas últimas le da mucha alegría saber que ahora muchas más personas tendrán al fin acceso al matrimonio civil si así lo desean. Valora esto como un hito histórico que nos hace mejores como país y como Humanidad y se considera privilegiado por ser testigo de este cambio profundo.

Carlos nos cuenta: “Siempre fui un niño muy devoto. Sentía vocación por el trabajo pastoral y el estudio e interpretación de La Biblia”. Confiesa que a su mamá no le hizo mucha gracia el sueño que desde muy pequeño le compartió: que quería ser sacerdote. Cuando terminó la secundaria entró al Seminario y un año después se integró al convento de los Carmelitas Descalzos

Los años en el Seminario y en el Convento fueron de mucha realización para mí”, dice con cierto dejo de nostalgia. Al mismo tiempo, los nuevos descubrimientos y vivencias comenzaron a generarle contradicciones: “El estudio de  La  Biblia me hacía sentir que una cosa era lo que Jesús quería y otra lo que la Iglesia practicaba. Iba yo viendo ahí diferencias bastantes fuertes”.  Le tocó además una época de muchas innovaciones pedagógicas y teológicas en los programas de formación para el sacerdocio y tuvo oportunidad de aprender filosofía, teología, visiones distintas del mundo, asuntos políticos…  Sumado a eso, la participación cotidiana en una misa vespertina que se llenaba de muchachas, fue minando su decisión inicial de llevar una vida célibe dentro de una estructura muy institucionalizada.

Eran los tiempos posteriores al Concilio Vaticano II, Medellín y Puebla y la concepción de la prédica y práctica cristiana en muchos sectores cristianos estaba influida por la Teología de la Liberación.  Carlos considera que esta sensibilización con un enfoque  político, fue importante para luego sensibilizarse hacia otro tipo de exclusiones como las que se dan por género, orientación sexual y otras.

Desandando los días, recuerda que tenía en el convento un hermano nicaragüense dueño de una voz bellísima y cerca de ahí vivía la familia de Zamira Barquero, cantante lírica.  Por cosas de la vida, Zamira lo escuchó y maravillada se ofreció para darle clases de modo gratuito.  Así supo Carlos que ella era parte de un grupo de muchachas evangélicas, todas artistas, que se habían ido a vivir a un barrio popular para dar clases de música, de arte, de diferentes cosas. Eran tres: Zamira, Susana y Loida, de la que luego se enamoró y se casó y quien ha contribuido de manera fundamental en su proceso de sensibilización hacia la igualdad y la inclusión.

Volviendo al tema de “la Comunidad” nos dice Carlos:  “Era ver otro tipo de cristianismo. Yo tenía voto de pobreza, castidad y obediencia pero vivía en Los Yoses y ahí no me faltaba nada. El pretexto era que nada era propio, pero teníamos de todo. En cambio, estas muchachas de clase media, voluntariamente lo habían dejado todo y vivían en una gran sencillez”. 

Fue increíble pasar de una comunidad católica de puros hombres célibes, socialmente respetada, a vivir con tres mujeres, evangélicas, y vistas sospechosamente como “hippies”, cuenta con un brillo en los ojos. Esta vivencia comunitaria también contribuyó a sensibilizarlo, al descubrir nuevos modos de vivir la fe cristiana y nuevos modos de ser humano, cada vez más abierto y tolerante.

Para Carlos, la fe sigue siendo un elemento vital. “La religión hace más referencia a lo institucional, la fe es más como una vivencia personal “, aclara. “Si yo me sigo considerando cristiano tiene que ver un poco con eso, con que es una fe que me genera una ética que me anima, me da fuerzas, me da claridad para muchas cosas, incluso ilumina mis propias oscuridades, vulnerabilidades y contradicciones. Para mí, una persona que quiere ser seguidor o seguidora de Jesús tiene que estar contra todo abuso de poder, discriminación, maltrato e injusticia. Incluso contra el poder interno de uno mismo, tan difícil de visualizar y superar.

Esa convicción le llevó más tarde a comprender también que las personas de orientación sexual diferente a la heterosexual también debían ser -como mínimo- respetadas. Claro, para llegar a esa conclusión pasaron muchos años desde que Manuelito, un vecino, fuera el hazmerreír del vecindario por sus ademanes considerados en aquel entonces “afeminados”, y que en reuniones de tragos con amigos compartiera los típicos chistes homofóbicos como lo más normal del mundo, o que cuando era adolescente su familia rechazara a una amiga de su hermana, cuando se hizo «notorio» el lesbianismo de la muchacha. Eso era normal en la época en que creció, en un hogar sencillo de gente trabajadora

Para ilustrar más, relata una anécdota que vivió un día en la Soda Palace, frente al Parque Central en San José. Tenía él cerca de 25 años. Estando allí compartiendo cervezas con amistades, todos hombres, cuando entró al lugar un grupo de unos veinte muchachos que se notaba eran homosexuales. Entre cuchicheos y bromas en su mesa se planteó un reto ¿quién se atreve a ir a sentarse con ellos a esa mesa? Y él se ofreció de voluntario para “la gran proeza”.  Eso hizo. Llegó, se sentó, y de inmediato, uno de ellos lo retó: “¿Venís a compartir o venís a burlarte?”. Dice Carlos que de inmediato sintió tanta pena, una vergüenza tremenda que aún hoy le humedece los ojos, pues sintió que había quedado expuesta -ante su propio corazón- su homofobia y su injustificado y abusivo irrespeto.

En el transcurso de su vida personal y laboral, en organizaciones de Educación Popular, Iglesias y en el Instituto Tecnológico, fue conociendo personas y parejas de homosexuales. Del respeto “tolerante” surgió la amistad, de la amistad la confianza para una comunicación recíproca que le permitió comprender y desprenderse de muchos prejuicios y aceptar y apreciar la amplia gama de diversidades sexuales, ya no solo con respeto, sino con amor y solidaridad activa con muchas de las causas de la población GLBTIQ+. En este proceso fue comprendiendo que el amor no hace diferencias y que así como él se enamoró de Loida y juntos siguen construyendo una relación de amor, así cualquier persona deber tener la oportunidad de construir una vida en común con quien ama.

Cuando salió el tema de las uniones o matrimonios, ya yo estaba suficientemente concientizado para que eso no me  escandalizara.  Desde que se comenzó a hablar de matrimonio civil igualitario sentí alegría de que se colocara el tema sobre el tapete”  explica. Ya desde el tiempo en que hacía trabajo pastoral con la Iglesia Luterana  ”había ido avanzando en ese criterio, de la mano de los demás miembros de la iglesia, -entre ellos y de manera muy importante, el Rev. Melvin Jiménez, en aquellos tiempos Presidente de la Iglesia Luterana- que tenían una actitud de respeto y de inclusión hacia las diversidades sexuales”.

Nota de la redacción : *La Iglesia Luterana en Costa Rica, aunque no celebra matrimonios religiosos de parejas del mismo sexo, sin embargo mantiene sus puertas abiertas a las mismas e incluso considera posible para ellas “una bendición”.