Ronald Pérez: Policía, gay y activista

Ronald nació hace 41 años en el Hospital México, de madre nicaragüense y padre costarricense. Casi toda su  vida ha vivido en la Ciudadela León XIII, en Tibás. Fue al Liceo de San José y estudio en el  Vocacional Monseñor Sanabria en mecánica automotriz (aunque confiesa que lo que realmente le interesaba en aquellos años era la cosmetología).

Antes de terminar el colegio se acercó a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y le gustó su prédica y evangelio tanto que terminó enrolándose como misionero.  Allí recibió una educación espiritual que hoy día sigue considerando suya y viajó a El Salvador para predicar. Tenía solamente 19 años.

— ¿Con salveque y corbata, en parejita como esos que andan por todas partes?
— Sí, se ríe, igualito.

Conoció de cerca la dura realidad del pueblo salvadoreño. Hizo dos años de servicio. “Fue una época para mi muy bonita. Volví a Costa Rica con 21 años preguntándome qué más hacer”, fue cuando escuchó aquella campaña de reclutamiento “Unite a la nueva generación de policías”, y tuvo curiosidad.

Para Ronald el servicio en la Fuerza Pública significaba una oportunidad para seguir con su trabajo de servir a la comunidad.  Ya comprendía que esa era su verdadera vocación. Durante un año cumplió uno a uno con los requisitos que le iba imponiendo su nuevo sueño, hasta que lo logró. y comprendió que aquello no iba a ser muy distinto a lo que había experimentado en El Salvador. “Aunque cuando era misionero me dedicaba completamente a la causa de la adoración, a compartir las escrituras, a participar de las actividades de la iglesia, ayudar en lo que se necesitara, hubo varias ocasiones en que me llegué a quitar los zapatos para donarlos a alguien que los necesitaba”. “Como policía me tocó ver lo mismo, niños en situación de violencia, llorando, que me agradecían haber llegado a socorrerlos” Trae pegadas a su corazón frases que nunca olvida “Si ustedes no hubieran llegado, mi mamá se muere”.

Comparte Ronald una anécdota de sus inicios como policía. Estaba trabajando en la ciudadela Corina Rodríguez, en la Aurora de Alajuelita cuando llevaron un muchacho detenido. Venía muy mal, sucio, evidentemente estaba en el mundo de las drogas y por ello delinquía. Decidió sacar un tiempo para escucharlo y aconsejarle. “Le dije que su vida podía cambiar. Que si seguía estudiando podía evitarse algunos de los sufrimientos”.  No lo volvió a ver hasta que un día por la delegación de Alajuelita pasó un muchacho, cuyo rostro sintió familiar. Llevaba de la mano a una chiquita. “Hola. ¿No se acuerda de mí?”  “Yo soy aquel que estuvo preso una noche en la Corina Rodríguez. Aquel al que usted le habló, al que le dijo que estudiara. Le hice caso. Estoy mejor, hice el bachillerato, tengo un taller mecánico y esta es mi hija”.   Con su rostro iluminado, Ronald recuerda que estaba todo cambiado. Dice que se puso a llorar emocionado.  “Gracias a sus palabras cambié”, le dijo agradecido el muchacho. “¿Se imagina la emoción, eso fue como seis años después? Podemos tocar vidas.  No es tan distinto ser misionero que ser policía”. 

Desde su actual posición profesional, Ronald echa mano constantemente a los recursos que aprendió durante su vida religiosa. “Las personas que delinquen a menudo no es que son malas, es que no han aprendido a buscar otras motivaciones para su vida” explica. “Hay que recordar que son las circunstancias las que les llevaron allí y ayudarles a ver otras posibilidades“.

“La Fuerza Pública se caracteriza por tener en sus filas hombres y mujeres muy sensibles. Todos somos diferentes, venimos de familias con historias diversas.  Cuando compartimos y aflora la confianza comenzamos a conocer la parte humana, las verdades de cada quién, y hay cada historia…” prosigue. “Somos muy sensibles ante el sufrimiento ajeno. Cuando encontramos a alguien muerto pensamos en su madre, en su familia. Nos duelen las familias destrozadas, los niños en abandono, nos preguntamos por qué hay tanta persona sufriendo”  Enfático agrega: “uno siempre quiere hacer más, uno siempre hace la introspección…porque es inevitable pensar en la propia familia, porque uno es un privilegiado”. 

Vive con su pareja, su madre, su hermana y la pareja de su hermana. “Vivimos con paz, respeto y amor”.   Son cuatro hermanos. Dos hombres y dos mujeres.  Su padre, ya fallecido, fue mecánico de precisión, la madre operaria industrial, quien lo sacó adelante a él y su hermana menor. Su madre y su padre se separaron pero el vínculo con el padre siguió intacto.  “Un mes antes de morir me dijo lo orgulloso que estaba de mi”, se emociona hasta las lágrimas. “Significó mucho”

Su familia supo que era gay por una tercera persona. “En ese momento mi mamá se volvió loca. Fue muy duro para ella”.  “¿Dígame que no es verdad lo que me está diciendo ese tipo? dice que le reclamó . Hay que tomar en cuenta que eso ocurrió hace 24 años. Eran, evidentemente, otros tiempos.  Pese a ello Ronald , a sus escasos 17 años y con un nudo en la garganta, se armó de valor y le contestó que sí.   Al tiempo mi mamá  poco a poco se fue tranquilizando, luego de ir conociendo mis amistades y mi forma de vida”.  “No se acabó el mundo”.

Ronald Pérez vive su condición gay con absoluta apertura y tranquilidad en su ambiente laboral. Sus compañeros y compañeras lo estiman y respetan. Ya son 19 años de trayectoria como parte de los cuerpos policiales nacionales.   Dice que una que otra vez algún compañero le ha dicho que no sabe cómo tratarlo sin ofenderlo, que “es que entre hombres se habla de un modo tal y cual” y les ha tenido que contestar “di…mae….cuál es la diferencia, yo también soy hombre?”  “Ser sexualmente diverso no te exime de derechos y responsabilidades. Soy un policía como cualquier otro” agrega.

Hoy por hoy su función dentro de la policía también implica educar a otras personas en cuanto a los temas de las diversidad sexual. Es parte de la comisión institucional para la igualdad y no discriminación de la población LGTBIQ +del Ministerio de Seguridad Pública.  

Pérez se dio cuenta de que le gustaban los hombres siendo pequeñito, como en quinto grado. Ya de adulto participó en grupos como el 2828, Triángulo Rosa, conoció al líder Abelardo Araya entre otros… se involucró en la causa de la comunidad LGBTIQ+, fue adquiriendo seguridad, así como  bases para afrontar con naturalidad y orgullo su condición.

Con quienes se volvió un poco más complicada la relación fue con las personas integrantes de la congregación religiosa, ya que aunque explica que entre los mormones hay apertura de palabra hacia la comunidad LGBTIQ+, a la hora de la verdad hay represión en tanto no se acepta que sus miembros tengan vida de pareja o se puedan casar.  Pese a ello sigue haciendo suya la estructura fundamental de creencias de esa fe. Cree que le fortalece en su capacidad de amar. 

Teniendo como 24 años, Ronald escuchó por primera vez acerca de la posibilidad de que dos personas del mismo sexo se pudieran casar. Comenzó a pensar en lo bonito que sería tener una pareja estable.

Para él el matrimonio es una cosa muy seria. De llegar a pensar en esa posibilidad dice que se lo plantearía en términos de solidificar la relación de pareja y  celebrarlo con su familia y amistades “Sería para mi un momento cumbre en una relación”. El hecho de que sea pronto una alternativa para toda la ciudadanía le parece maravilloso.

“Yo me casaría por una sola razón: por amor”, expresa Ronald. Eso es para él lo más importante.

“Cuando te unís con una persona no vas a tener todas las respuestas. No todo será amor y paz los 365 días del año. Será una etapa de aprendizaje, construcción, una historia en común que te dará sentido de pertenencia, que te aportará confianza”. Sobre esos valores considera se debe establecer una vida en pareja cuando se formaliza legalmente. “ Programar cosas a futuro, viajes, sueños, construir una casa…puede ser para siempre o no….es parte del paquete”, explica y no sabe aún si estaría dispuesto a dar el paso. De lo que si está seguro es de que el próximo 26 de mayo, mucha gente, incluido él, va a llorar de alegría celebrando en grande por lo alcanzado luego de tantos años de lucha.